Manifiesto del
Red para el Post-Desarollo
Red de los
Objetores de Crecimiento para un Post-Desarrollo : ROCADe
El movimiento que milita por un post-desarrollo
ha mantenido hasta hoy un carácter casi clandestino. Sin embargo, en el curso de una historia,
ya larga, ha producido una literatura abundante y se encuentra representado en numerosos ámbitos de
investigación y de acción por todo el mundo[i].
Nacida en los años 1960, tras la
década del desarrollo, de una reflexión crítica sobre
las presuposiciones de la economía y el fracaso de las
políticas de desarrollo, esa corriente agrupa investigadores y actores
sociales, tanto del Norte como del Sur, portadores de análisis y de
experiencias innovadoras en el plan económico, social y cultural. A lo
largo de los años, se han ido tejiendo vínculos, a menudo
informales entre sus diversos componentes, las experiencias y las reflexiones
se han alimentado mutuamente. La red para el post-desarrollo se inscribe en
el movimiento del INCAD (red internacional para la construcción de una
alternativa al desarrollo) y se reconoce plenamente en la declaración
del 4 de mayo de 1992. La red pretende continuar y ampliar el trabajo,
así, comenzado.
La red sitúa en el centro de su
análisis el cuestionamiento radical de la noción de desarrollo.
A pesar de las evoluciones formales que ha conocido, la red conserva el punto de ruptura decisivo en el
seno del movimiento: la crítica del capitalismo y de la
mundialización. Están, por un lado, quienes militan por la
problemática “otro” desarrollo (o una no menos
problemática “otra” mundialización), y aquellos
que, como nosotros, quieren salir del desarrollo y del economismo. A partir
de esta crítica, esta corriente procede a una verdadera
“deconstrucción” del pensamiento económico. De este
modo, son puestas en cuestión las nociones de crecimiento, de pobreza,
de necesidades, de ayuda, etc..
Las asociaciones y personas que pertenecen a la
presente red se reconocen en esta trayectoria. Después del fracaso del
socialismo real y el vergonzoso deslizamiento de la social-democracia hacia
el social-liberalismo, pensamos que esos análisis son los
únicos capaces de contribuir a una renovación del pensamiento y
a la construcción de una verdadera sociedad alternativa a la sociedad
de mercado. Cuestionar radicalmente el concepto de desarrollo, es hacer
subversión cognitiva, y este es el requisito y la condición de los cambios políticos, sociales
y culturales que se imponen.
El momento nos parece favorable para salir de la
semi-clandestinidad donde habíamos estado acantonados hasta el
presente. El gran éxito del coloquio de la Ligne d’horizont[ii] “Défaire
le développement-refaire le monde”, realizado en la UNESCO del
28 de febrero al 3 de marzo de 2002, refuerza nuestra convicción y
nuestras esperanzas.
Destruir el imaginario
desarrollista y descolonizar los espíritus
Frente a la mundialización, que no es
más que el triunfo planetario del mercado total, necesitamos concebir
y promover una sociedad en la que los valores económicos hayan dejado
de ser centrales (o únicos). La economía debe ser puesta en su
lugar como simple medio de la vida humana y no como fin último. Debemos
renunciar a esta carrera loca hacia un consumo siempre creciente. Esto no es
sólo necesario para evitar la destrucción definitiva de las
condiciones de vida sobre la tierra, sino también, y sobre todo, para
sacar a la humanidad de la miseria psíquica y moral. Se trata de una
verdadera descolonización de nuestro
imaginario y de una deseconomización
de los espíritus necesarias para cambiar verdaderamente el mundo antes
que el cambio del mundo nos condene al dolor. Hay que empezar por ver las
cosas de otro modo para que puedan convertirse en otras, para que se puedan
concebir soluciones verdaderamente originales e innovadoras. Se trata de
poner en el centro de la vida humana otras significaciones y otras razones de
ser que la expansión de la producción y del consumo.
Las palabras clave de la red, son
“resistencia y disidencia”. Resistencia y disidencia con la
cabeza, pero también con los
pies. Resistencia y disidencia como actitud mental de rechazo y como
higiene vital. Resistencia y disidencia como actitud concreta para todas las
formas de auto-organización alternativa. Pero esto significa en primer
lugar rechazo de la complicidad y la colaboración con esta empresa de
descerebración y de destrucción planetaria que constituye la
ideología desarrollista.
Espejos y ruinas del
desarrollo
La mundialización actual nos muestra lo
que ha sido el desarrollo, lo que nosotros no habríamos querido ver
jamás. Es el estadio supremo del desarrollo
realmente existente al mismo tiempo que la negación de su
concepción mítica. Si el desarrollo, en efecto, no ha sido mas
que la continuación de la colonización por otros medios, la nueva mundialización, a su vez,
no es más que la continuación del desarrollo con otros medios. Conviene,
pues, distinguir el desarrollo como mito y el desarrollo como realidad
histórica.
Se puede definir el desarrollo realmente
existente como una empresa que pretende transformar las relaciones de los
hombres entre ellos y con la naturaleza en mercancías. Se trata de
explotar, y poner precio, de sacar provecho de los recursos naturales y
humanos. Empresa agresiva hacia la naturaleza y hacia los pueblos, es igual
que la colonización que la ha precedido y la mundialización que
la sigue: una obra a la vez económica y militar de dominación y
de conquistas. Es el desarrollo realmente existente, el que domina el planeta
desde hace tres siglos, quien engendra la mayor parte de los problemas
sociales y medioambientales actuales: exclusión,
superpoblación, pobreza, poluciones diversas, etc.
En cuanto al concepto mítico de
desarrollo, está atrapado en un dilema: designa todo y su contrario,
en particular el conjunto de experiencias históricas de la
dinámica cultural de la historia de la humanidad, de la China de los
Han al imperio Inca.
En este caso, no designa nada en particular, no
hay ninguna significación útil para promover una
política y es mejor desembarazarse de él. Si tiene un contenido
propio ese contenido designa, necesariamente lo que posee en común con
la aventura occidental de despegue de la economía tal como es puesta
en escena desde la revolución industrial en Inglaterra en los
años 1750-1800. En este caso, cualquiera que sea el adjetivo que se le
ponga, el contenido implícito o explícito del desarrollo es el
crecimiento económico, la acumulación del capital con todos los
efectos positivos y negativos que se conocen. Pues ese núcleo duro que
todos los desarrollos tienen en común con dicha experiencia,
está ligado a relaciones sociales muy particulares, las del modo de
producción capitalista. Los antagonismos de “clase” son
ampliamente ocultados por gérmen
de “valores” comunes mas o menos compartidos por todos: el
progreso, el universalismo, el control de la naturaleza, la racionalidad
cuantitativa. Esos valores, sobre los que descansa el desarrollo, y muy
especialmente el progreso, no corresponden de ningún modo a
aspiraciones universales profundas. Están vinculados a la historia de
Occidente, no tienen en cuenta a las otras sociedades. Más allá
de los mitos que la fundamentan, la idea de desarrollo está totalmente
desprovista de sentido y las prácticas a las que se le vinculan son
rigurosamente imposibles por impensables y prohibidas. Estos valores
occidentales son precisamente los que se deben poner en cuestión, hoy
día, para encontrar una solución a los problemas del mundo
contemporáneo y evitar las catástrofes hacia las que nos
arrastra la economía mundial. El post-desarrollo es a la vez
post-capitalismo y post-modernidad.
Los trajes nuevos del
desarrollo
Para intentar conjurar mágicamente los
efectos negativos de la empresa desarrollista, se ha entrado en la era de los desarrollos con
partícula. Se han visto surgir desarrollos autocentrados,
endógenos, participativos, comunitarios, integrados,
auténticos, autónomos y populares, equitativos,
sostenibles… sin hablar del desarrollo local, del micro-desarrollo, del
endo-desarrollo e incluso del ¡etno-desarrollo! Al pegarle un adjetivo
al concepto de desarrollo, no se trata verdaderamente de poner en
cuestión la acumulación capitalista, como mucho se trata de
añadir una pantalla social o un componente ecológico al
crecimiento económico como se le ha podido adjuntar una
dimensión cultural. Este trabajo de redefinición del
desarrollo, tiene siempre que ver, en efecto, con la cultura, la naturaleza y
la justicia social. Con todo ello se trata de curar un mal que afecta
al desarrollo de manera accidental y no congénita. Se ha creado, incluso,
para la ocasión, un monstruo contrapuesto: el mal-desarrollo. Ese
monstruo no es más que una quimera pues el mal no puede tocar al
desarrollo por la simple razón de que el desarrollo imaginario es por
definición la encarnación misma del Bien. El desarrollo
bueno es un pleonasmo porque desarrollo significa buen crecimiento, porque el
crecimiento es un bien y ninguna fuerza del mal puede prevalecer contra
él.
Es el exceso mismo de las pruebas de su
carácter benéfico quien desvela mejor la estafa del desarrollo.
Le desarrollo social,
el desarrollo humano, el desarrollo
local y el desarrollo sostenible no son más que las
más recientes de una larga retahíla de innovaciones
conceptuales que tratan de hacer entrar un poco de ilusión en la dura
realidad del crecimiento económico. Si el desarrollo sobrevive
aún a su muerte ¡lo debe sobre todo a sus críticos! Inaugurando
la era del desarrollo cualificado (humano, social, etc.), los humanistas
canalizan las aspiraciones de las víctimas del desarrollo puro y duro
del Norte y del Sur instrumentalizándolas. El desarrollo sostenible es
el más bello logro en este arte de rejuvenecimiento de viejas damas. Ilustra
perfectamente el procedimiento de eufemización mediante adjetivo que
trata de cambiar las palabras por no poder cambiar las cosas. El desarrollo
duradero, sustentable o sostenible (sustainable) puesto en escena en la
conferencia de Río en junio de 1992, es un bricolaje conceptual; se
trata de una monstruosidad verbal por su antinomia mistificadora. Pero, al mismo
tiempo, por su éxito universal, da cuenta de la dominación de
la ideología desarrollista. Como consecuencia, la cuestión del
desarrollo no afecta solamente a los países del Sur, sino
también a los del Norte.
Si la retórica pura del desarrollo con la práctica
ligada a la expertitocracia voluntarista,
ya no sirve, el complejo de creencias escatológicas en una prosperidad
material posible para todos y respetuosa del entorno que puede definirse como
“el desarrollismo”, permanece intacta. El “desarrollismo”
manifiesta la lógica económica con todo su vigor. No hay sitio
en este paradigma para el respeto
de la naturaleza reclamado por los ecologistas ni para el respeto por el
hombre reclamado por los humanistas. El desarrollo realmente existente
aparece entonces con toda crudeza y el desarrollo alternativo como un espejo.
Más allá del
desarrollo
Hablar de post-desarrollo no es solamente dejar
correr la imaginación sobre lo que pueda llegar en caso de
implosión del sistema, hacer política ficción o examinar
un caso de manual. Es hablar de la
situación de aquellos que en la actualidad, en el Norte como en el Sur
son excluidos o están en camino de serlo; de todos aquellos para
quienes el desarrollo es una ofensa y una injusticia y que son,
indudablemente, los más numerosos sobre la superficie de la tierra. El
post-desarrollo se esboza ya
alrededor de nosotros y se anuncia en la diversidad.
El post-desarrollo, en efecto, es necesariamente
plural. Se trata de la búsqueda de modos de florecimiento (épanouissement)
colectivo en los que no se privilegiará un bienestar material
destructor del medio y de los vínculos sociales. El objetivo de la
buena vida se articula de múltiples formas según los contextos.
En otras palabras, se trata de reconstruir nuevas culturas. Este objetivo
puede llamarse l’umran (florecimiento) como
en Ibn Kaldûn, seadeshi-sarvodaya
(mejora de las condiciones sociales de todos) como en Gandhi, o bamtaare (estar bien juntos) como en
los Toucouleurs, o de otras formas. Lo importante es señalar la
ruptura con la empresa de destrucción que se perpetúa bajo el
nombre de desarrollo o el de mundialización en la actualidad. Para los
excluidos, para los náufragos del desarrollo, no puede tratarse
más que de una especie de síntesis entre la tradición
perdida y la modernidad inaccesible. Esas creaciones originales, de las que
podemos encontrar aquí o allí los comienzos de
realización, abren la esperanza de un post-desarrollo. Es necesario
pensar y actuar a la vez global y localmente. Sólo en la
fecundación mutua de las dos aproximaciones se puede intentar superar
el obstáculo de la falta de perspectivas inmediatas. Proponer el decrecimiento como uno de los objetivos globales urgentes e identificables
hoy día y poner en marcha localmente las alternativas concretas, son
perspectivas complementarias.
Decrecer y embellecer
El decrecimiento deberá ser organizado no
solamente para preservar el medio, sino también para restaurar, al
menos, el mínimo de justicia social sin la que el planeta está
condenado a la explosión. Supervivencia social y supervivencia biológica parecen, así,
estrechamente ligadas. Los límites del patrimonio natural no ponen
solamente un problema de equidad intergeneracional en la distribución
de lo disponible sino un problema de justa repartición entre los
miembros actualmente vivos de la humanidad.
El decrecimiento no significa inmovilismo
conservador. La mayor parte de las sabidurías consideran que la felicidad se alcanza con la
satisfacción de un número juiciosamente limitado de necesidades.
La evolución y el crecimiento
lento de las sociedades antiguas se integran en una reproducción
ampliada y atemperada, más o menos adaptada a las constricciones
naturales.
Instalar el decrecimiento significa, en otros
términos, renunciar al imaginario económico, es decir, a la
creencia de que más es igual a mejor. El bien y la felicidad pueden
conseguirse a menor coste. Redescubrir la verdadera riqueza en el
florecimiento de relaciones sociales de convivencia en un mundo sano puede
realizarse con serenidad en la frugalidad, la sobriedad, la simplicidad
voluntaria, es decir, en una cierta austeridad de consumo material. Un
decrecimiento aceptado y bien pensado no impone ninguna limitación en
el consumo de sentimientos y en la producción de una vida festiva.
El clave del decrecimiento tiene, sobre todo, por
objeto marcar sólidamente el abandono del objetivo insensato del
crecimiento por el crecimiento, objetivo en el que el motor no es otro que la
búsqueda desenfrenada del provecho para los detentadores del capital. Evidentemente,
no se trata de la inversión caricaturesca que consistiría en
predicar el decrecimiento por el decrecimiento. En particular, el
decrecimiento no es el crecimiento negativo. Se sabe que la simple
ralentización del crecimiento sumerge a nuestras sociedades en
confusión en razón del paro y del abandono de los programas
sociales, culturales y medioambientales que aseguran un mínimo de
calidad de vida. ¡Se puede imaginar qué catástrofe
sería una tasa de crecimiento negativo! Lo mismo que no hay nada peor
que una sociedad trabajadora sin trabajo, no hay nada peor que una sociedad
de crecimiento sin crecimiento.
El decrecimiento no se contempla, pues, mas que a
condición de salir de la economía de crecimiento y entrar en
una “sociedad” de decrecimiento”. Ello supone una
organización diferente en la que se valora el ocio en lugar del
trabajo, donde las relaciones sociales priman sobre la producción y el
consumo de productos desechables, inútiles, léase nocivos. Una
reducción radical del tiempo de trabajo, impuesta para asegurar a
todos un empleo satisfactorio es condición previa. Es posible,
inspirándose en el título “Consumo y estilos de
vida” propuesta por el Forum de las ONG de Río, sintetizar todo
ello en un programa de seis “R”: Reevaluar, Reestructurar,
Redistribuir, Reducir, Reutilizar, Reciclar. Estos seis objetivos
interdependientes, trazan un círculo virtuoso de decrecimiento
convivencial y sostenible. Reevaluar, significa revisar los valores en los
que creemos y sobre los que organizamos nuestra vida y cambiar aquellos que
deben ser cambiados. Reestructurar, significa adaptar el aparato de
producción y las relaciones sociales en función del cambio de
valores. Redistribuir trata de la repartición de las riquezas y del
acceso al patrimonio natural. Reducir quiere decir disminuir el impacto sobre
la biosfera de nuestros modos de producir y de consumir para reutilizar, en
lugar de tirar, los aparatos y los bienes de uso y, desde luego, reciclar los
desechos incomprensibles de
nuestra actividad. Si bien se impone un cuestionamiento radical de los
valores de la modernidad, ello no implica necesariamente el rechazo de toda
ciencia ni el rechazo de toda técnica.
No renegamos de nuestra pertenencia a Occidente
donde el sueño progresista nos asedia. De todas formas, aspiramos a
una mejora de la calidad de vida y no a un crecimiento ilimitado del PIB. Reclamamos
la belleza de los pueblos y de los paisajes, la pureza de las capas
freáticas y el acceso al agua potable, la transparencia de los
ríos y la salud de los océanos. Exigimos la mejora del aire que
respiramos, el sabor de los alimentos que comemos. Hay todavía muchos
“progresos” por hacer para luchar contra la invasión del
ruido, para incrementar los espacios verdes, para preservar la fauna y la
flora salvaje, para salvar el patrimonio natural y cultural de la humanidad,
por no hablar de los “progresos” a realizar en la democracia. La
realización de este programa participa de una cierta ideología
del progreso y supone el recurso a técnicas sofisticadas de las que la
mayor parte están aún por inventar. Sería injusto
tacharnos de tecnófobos y de antiprogresistas con el pretexto de que
reclamamos un “derecho de inventario” sobre el progreso técnico. Esta reivindicación es
un minimum para el ejercicio de
ciudadanía.
El post-desarrollo y la construcción de
una sociedad alternativa no se articulan necesariamente de la misma manera en
el Norte que en el Sur.
Simplemente, para el Norte, la disminución
de la presión excesiva del modo de funcionamiento occidental sobre la
biosfera es una exigencia de sentido común al mismo tiempo que una
condición de la justicia social y ecológica.
En lo que se refiere a los países del Sur
azotados por las consecuencias negativas del crecimiento del Norte, se trata
menos de decrecer (o de crecer, de otro modo) que de reanudar el hilo de su
historia roto por la colonización, el imperialismo y el
neo-imperialismo militar, político, económico y cultural. La
reapropiación de su identidad es un prerrequisito para aportar a sus
problemas las soluciones apropiadas. Puede ser conveniente reducir la
producción de ciertos cultivos destinados a la exportación
(café, cacao, cacahuete, algodón, pero también, flores
cortadas, gambas de piscifactoría,
legumbres y agrios de fuera de temporada, etc.), como puede considerarse necesario incrementar los cultivos
de subsistencia. Se puede pensar en renunciar a la agricultura productivista,
como en el Norte, para reconstituir los suelos y sus cualidades
nutricionales, pero también, sin duda, emprender reformas agrarias,
rehabilitar el artesanado refugiado en lo informal, etc. Les corresponde a
nuestros amigos del Sur precisar qué orientación puede tomar
para ellos la construcción del post-desarrollo.
En ningún caso el cuestionamiento del desarrollo
puede ni debe aparecer como una empresa paternalista y universalista que la
asimilaría a una nueva forma de colonización (ecologista,
humanitaria…). El riesgo es tanto más importante según
como los colonizados hayan interiorizado los valores del colonizador. Incluso
si las raíces son menos profundas, el imaginario económico, y
particularmente el imaginario desarrollista, es sin duda aún
más potente en el Sur que
en el Norte. Las víctimas del desarrollo tienen tendencia a no ver
otro remedio a su desgracia que agravar el mal. Piensan que la
economía es el único medio de resolver la pobreza, incluso
aunque sea ella quien la engendra. El desarrollo y la economía son el
problema y no la solución; continuar pretendiendo y queriendo lo
contrario forma parte también del problema.
Sobrevivir localmente
Se trata de estar atentos a la línea de
las innovaciones alternativas, empresas cooperativas en autogestión,
comunidades neo-rurales, Lets y Sels, autoorganización de los
excluidos en el Sur. Estas experiencias que nosotros proponemos apoyar o promover nos interesan menos por ellas
mismas que como formas de resistencia y de disidencia del proceso de
incremento de la potencia de mercantilización (l’omnimarchandisation) del mundo. Sin
tratar de proponer un modelo único, nos esforzamos por tender en la
teoría y en la práctica a una coherencia global del conjunto de
estas inciciativas.
El peligro de la mayor parte de las iniciativas
alternativas es, en efecto, acantonarse en la primera ciudadela que
encontraron, en lugar de trabajar en la construcción y el
reforzamiento de un conjunto más vasto. La empresa alternativa vive o
sobrevive en un medio que es y debe de ser diferente del mercado
mundializado. Es este medio, portador de disidencia, el que hay que definir,
proteger, mantener, reforzar y desarrollar por la resistencia. Más que
batirse desesperadamente para conservar su ciudadela en el seno del mercado
mundial, hace falta militar para ampliar y profundizar una verdadera sociedad
autónoma al margen de la economía dominante.
El mercado mundializado con su competencia
encarnizada y a menudo desleal no es el universo donde se mueve o donde debe
moverse la organización alternativa. Debe buscar una verdadera
democracia asociativa para desembocar en una sociedad autónoma. Una
cadena de complicidad debe ligar a todas las partes. Como en l’informal africano, alimentar
la red de vínculos es la base del éxito. La ampliación y
la profundización del tejido portador es el secreto del éxito y
debe ser el primer afán de sus iniciativas. Es esta coherencia la que
representa una verdadera alternativa al sistema.
En el Norte se piensa primero en los proyectos
voluntarios y voluntaristas de construcción de mundos diferentes. Los
individuos, rechazando total o parcialmente el mundo en el que viven,
intentan poner en marcha otra cosa,
vivir de otra manera: trabajar o
producir de otro modo en el seno de
empresas diferentes; reapropiarse la moneda para un uso también
diferente, según otra
lógica que la de la acumulación ilimitada y la de la
exclusión masiva de los perdedores.
En el Sur, donde la economía mundial, con
la ayuda de las instituciones de Bretton Woods, ha excluido de los campos a
millones y millones de personas, ha destruido sus modos de vida ancestral,
suprimido sus medios de subsistencia, para arrojarlas y amontonarlas en
chavolas en los suburbios de las ciudades del Tercer Mundo, lo alternativo es
a menudo la condición de la supervivencia. Los “náufragos
del desarrollo”, los abandonados a su suerte, condenados a desaparecer
por la lógica dominante, no tienen otra elección para resistir
que organizarse según otra
lógica. Deben inventar, y algunos por lo menos lo inventan, otro sistema, otra vida.
Esta segunda forma de otra sociedad no está completamente separada de la primera,
y ello por dos razones. De entrada, porque la autoorganización
espontánea de los excluidos del Sur no es, no lo es nunca, totalmente
espontánea. Hay también aspiraciones, proyectos, modelos, es
decir, utopías, que informan más o menos estos bricolajes de la
supervivencia informal. Luego, porque, simétricamente, los
“alternativos” del Norte no siempre tienen elección. A
menudo, son también excluidos, dejados a su suerte, parados sin
derecho a prestaciones o candidatos potenciales al desempleo o, simplemente,
auto-excluidos por hastío. Existen sin embargo, puentes entre las dos
formas que pueden y deben fecundarse mutuamente. Esta coherencia de conjunto
realiza, de una cierta forma, ciertos aspectos que François Partant
atribuye a su “central”, es decir, su proyecto de
coordinación de las iniciativas disidentes: «Dar a los parados,
a los campesinos arruinados y a toda persona que lo desee, la posibilidad de
vivir de su trabajo, produciendo al margen de la economía de mercado y
en las condiciones que determinen ellos mismos, aquello que ellos estimen
necesitar» (La Ligne d’horizon, La découverte,
París 1988, p.206)
Reforzar la construcción de esos otros
mundos posibles pasa por la toma de conciencia de la significación
histórica de esas iniciativas. Han sido numerosas las empresas
alternativas aisladas ya reconquistadas por las fuerzas desarrollistas y
sería peligroso subestimar las capacidades de recuperación del
sistema. Para contrarrestar la manipulación y el lavado de cerebro
permanente a los que estamos sometidos, aparece como esencial la
constitución de una vasta red para llevar la batalla del sentido.
Los objetivos principales de la red pueden
resumirse en cuatro puntos:
1. Concebir y promover la
resistencia y la disidencia a la sociedad del crecimiento y del desarrollo
económico.
2. Trabajar para reforzar
la coherencia teórica y práctica de las iniciativas
alternativas.
3. Poner en marcha
verdaderas sociedades autónomas y de convivencia.
4. Luchar por la
descolonización del imaginario economicista dominante
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